En su trasfondo, el tatuaje no deja de ser una búsqueda desesperada de identidad frente a la soledad y el olvido
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Predicadora Joyce Meyer |
Por Rev. Tomás Gómez Bueno
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Rev. Tomás Gómez Bueno |
Los más veteranos
recordamos cómo, en décadas pasadas, los tatuajes solían exhibirse en cuerpos
de prostitutas, marineros errantes, luchadores o aventureros de vidas
disolutas. Espadas, corazones sangrantes, mujeres desnudas, animales feroces o
serpientes enroscadas eran marcas que no solo adornaban la piel, sino que
gritaban pertenencia a un estilo de vida sin retorno. Para algunos reclusos,
incluso, significaban un compromiso irrevocable de violencia o muerte.
En su trasfondo, el
tatuaje no deja de ser una búsqueda desesperada de identidad frente a la
soledad y el olvido. Así aparecen imágenes religiosas, diabólicas o místicas,
intentando dotar de sentido lo que no encuentra rumbo. Sin embargo, bajo todo
ese colorido late un gesto de inconformidad y rebelión: el rechazo al diseño
original que el Creador estampó en el cuerpo humano. Es como si el hombre, al
tatuarse, pretendiera competir con Dios, grabando sobre sí mismo una señal más
fuerte que la que Él puso al crearnos a su imagen y semejanza.
Hoy, los tatuajes han
dejado de ser marcas de marginación para convertirse en símbolos de
autoafirmación y ostentación. Figuras millonarias, artistas, deportistas y
celebridades los lucen con orgullo, como demostración de independencia y
soberbia. La consigna postmoderna es clara: “Hago con mi cuerpo lo que quiero”.
Pero en esa actitud late una cultura sin horizonte ni trascendencia, que reduce
el cuerpo —templo de Dios según la Escritura— a lienzo de caprichos pasajeros.
No se trata de lanzar
una cruzada contra quienes ya los llevan. A quienes han tatuado su piel, los
amamos y acogemos. Pero a los creyentes corresponde discernir. El tatuaje no es
un simple adorno: expresa una filosofía de vida que, aunque sutil, agrede el
diseño original de Dios y oscurece la gloria para la cual fuimos creados.
Por eso resultó tan
desafortunado el intento de Joyce Meyer —una de las predicadoras más
influyentes de nuestro tiempo— de cristianizar los tatuajes, llegando incluso a
exponer su cuerpo como modelo. Para muchos, incluyendo a quien escribe, fue un
golpe doloroso e incomprensible. No juzgo a nadie por las marcas en su piel,
pero cuando un ministerio maduro y de tanta influencia cede a semejante
desvarío, se percibe cuánto pueden engañar el poder y la fama. Son señales de
que alguien ha olvidado que el Evangelio siempre es más grande que el
ministerio personal.
La Palabra es clara:
“No haréis rasguños en vuestro cuerpo por un muerto, ni imprimiréis en vosotros
señal alguna” (Levítico 19:28). O como traduce “Dios Habla Hoy”: “No se hagan
ninguna clase de tatuaje”. Más allá de la estética, la Biblia recuerda que
nuestro cuerpo no es nuestro, sino templo del Espíritu Santo, destinado a
reflejar la gloria de Dios y no las modas efímeras.
El tatuaje, además,
conlleva riesgos físicos (enfermedades y daños en la piel) y espirituales
(asociaciones con cultos tribales y ritos paganos). Por más arte que se
pretenda en sus trazos, siempre termina siendo una marca que degrada la
dignidad del cuerpo humano.
El reto de la Iglesia
no es “bautizar” modas mundanas para hacerlas aceptables, sino mantener firme
el testimonio de que la verdadera belleza está en reflejar el carácter de
Cristo y en vivir conforme a la imagen con la que Dios nos creó.
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