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sábado, 30 de agosto de 2025

Los tatuajes desde la perspectiva cristiana-evangélica. El escandaloso caso de la predicadora Joyce Meyer

En su trasfondo, el tatuaje no deja de ser una búsqueda desesperada de identidad frente a la soledad y el olvido

Predicadora Joyce Meyer

Por Rev. Tomás Gómez Bueno

 

Rev. Tomás  Gómez Bueno
El tatuaje, descubierto en Nueva Zelanda y popularizado en Europa por el explorador James Cook en el siglo XVIII, es una práctica milenaria que consiste en insertar pigmentos bajo la piel mediante instrumentos punzantes. Desde sus orígenes, estuvo vinculado a esclavos, reos y sectores marginados de la sociedad. Durante mucho tiempo, fue emblema de arrabales, prostíbulos y cárceles: señales de rebeldía, desarraigo o pertenencia a un mundo de transgresión y violencia.

 

Los más veteranos recordamos cómo, en décadas pasadas, los tatuajes solían exhibirse en cuerpos de prostitutas, marineros errantes, luchadores o aventureros de vidas disolutas. Espadas, corazones sangrantes, mujeres desnudas, animales feroces o serpientes enroscadas eran marcas que no solo adornaban la piel, sino que gritaban pertenencia a un estilo de vida sin retorno. Para algunos reclusos, incluso, significaban un compromiso irrevocable de violencia o muerte.

 

En su trasfondo, el tatuaje no deja de ser una búsqueda desesperada de identidad frente a la soledad y el olvido. Así aparecen imágenes religiosas, diabólicas o místicas, intentando dotar de sentido lo que no encuentra rumbo. Sin embargo, bajo todo ese colorido late un gesto de inconformidad y rebelión: el rechazo al diseño original que el Creador estampó en el cuerpo humano. Es como si el hombre, al tatuarse, pretendiera competir con Dios, grabando sobre sí mismo una señal más fuerte que la que Él puso al crearnos a su imagen y semejanza.

 

Hoy, los tatuajes han dejado de ser marcas de marginación para convertirse en símbolos de autoafirmación y ostentación. Figuras millonarias, artistas, deportistas y celebridades los lucen con orgullo, como demostración de independencia y soberbia. La consigna postmoderna es clara: “Hago con mi cuerpo lo que quiero”. Pero en esa actitud late una cultura sin horizonte ni trascendencia, que reduce el cuerpo —templo de Dios según la Escritura— a lienzo de caprichos pasajeros.

 

No se trata de lanzar una cruzada contra quienes ya los llevan. A quienes han tatuado su piel, los amamos y acogemos. Pero a los creyentes corresponde discernir. El tatuaje no es un simple adorno: expresa una filosofía de vida que, aunque sutil, agrede el diseño original de Dios y oscurece la gloria para la cual fuimos creados.

 

Por eso resultó tan desafortunado el intento de Joyce Meyer —una de las predicadoras más influyentes de nuestro tiempo— de cristianizar los tatuajes, llegando incluso a exponer su cuerpo como modelo. Para muchos, incluyendo a quien escribe, fue un golpe doloroso e incomprensible. No juzgo a nadie por las marcas en su piel, pero cuando un ministerio maduro y de tanta influencia cede a semejante desvarío, se percibe cuánto pueden engañar el poder y la fama. Son señales de que alguien ha olvidado que el Evangelio siempre es más grande que el ministerio personal.

 

La Palabra es clara: “No haréis rasguños en vuestro cuerpo por un muerto, ni imprimiréis en vosotros señal alguna” (Levítico 19:28). O como traduce “Dios Habla Hoy”: “No se hagan ninguna clase de tatuaje”. Más allá de la estética, la Biblia recuerda que nuestro cuerpo no es nuestro, sino templo del Espíritu Santo, destinado a reflejar la gloria de Dios y no las modas efímeras.

 

El tatuaje, además, conlleva riesgos físicos (enfermedades y daños en la piel) y espirituales (asociaciones con cultos tribales y ritos paganos). Por más arte que se pretenda en sus trazos, siempre termina siendo una marca que degrada la dignidad del cuerpo humano.

 

El reto de la Iglesia no es “bautizar” modas mundanas para hacerlas aceptables, sino mantener firme el testimonio de que la verdadera belleza está en reflejar el carácter de Cristo y en vivir conforme a la imagen con la que Dios nos creó.

 

Tomado de la página oficial de facebook - fb- del Rev. Tomás Gómez Bueno

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