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sábado, 4 de abril de 2026

La muerte de la Muerte

"A la luz del resucitado, de Aquél que venció la muerte, la unción crismal debe resplandecer en el pueblo cristiano y no converso"

Abraham Terrero Batista - sureXpreso.com

Prof. Abraham Terrero Batista

En medio de las vorágines sociales del siglo XXI, y particularmente en el silencio reflexivo del triduo pascual, emerge una profunda preocupación por la realidad que vivimos. En este contexto surge una consigna que interpela la conciencia colectiva: hay que hacer morir la muerte. Entendida como la ausencia de vida y de esperanza, la muerte se manifiesta hoy en múltiples dimensiones de nuestra sociedad, tanto en el plano nacional como en el regional y local.


En el ámbito nacional se observan diversos signos de esta “cultura de muerte”. Entre ellos destacan flagelos como la drogadicción, que afecta gravemente a la juventud, especialmente bajo modalidades recientes como la Hooka, el Váper, o el consumo de sustancias químicas altamente tóxicas. Estos productos se comercializan con sorprendente facilidad, mientras las instituciones encargadas de regularlos parecen actuar con indiferencia o insuficiencia. A ello se suman prácticas de corrupción administrativa y la influencia de algunos medios de comunicación que, en lugar de promover valores, reproducen antivalores para sostener audiencias o intereses económicos. Cuando la modernización se desvincula del bienestar humano y del desarrollo ético de la sociedad, termina convirtiéndose en un proceso vacío y deshumanizante.


En el plano regional y local, especialmente en la subregión Enriquillo, también se evidencian procesos preocupantes. Grandes intereses económicos acaparan tierras fértiles mediante diversos mecanismos: compras irregulares, arrendamientos desventajosos o apropiación de terrenos comuneros, sea con ocupación o robos. Estas prácticas, además de contradecir el espíritu de la Constitución que limita el latifundio, generan graves impactos sociales y ambientales. La quema extensiva de terrenos, la contaminación del ambiente y la vulneración de los derechos de pequeños productores afectan tanto la economía agrícola como la salud de la población.


A estas problemáticas se agregan los bajos salarios de los trabajadores agrícolas, el desplazamiento de técnicos locales y la concentración del poder económico en pocas manos. Incluso proyectos de gran inversión estatal, concebidos originalmente para impulsar el desarrollo regional, terminan beneficiando a los grandes acaparadores de tierras en lugar de a los pequeños productores. Todo ello genera una combinación peligrosa: escasez de agua, precariedad laboral, deterioro ambiental y desempleo, factores que profundizan la desigualdad y amenazan el futuro de las comunidades.


Sin embargo, no todo está perdido. Ante estas realidades se hace necesaria una voz profética, liberadora y transformadora que denuncie las injusticias y promueva caminos de esperanza. Hay que hacer morir la muerte en la República Dominicana y en el mundo, y bien nos corresponde, empezar por la región Enriquillo matando los signos de muerte.


Las academias y las universidades, como espacios privilegiados del conocimiento, están llamadas a asumir un papel fundamental en esta tarea. Su compromiso con la ciencia, la verdad y la justicia no puede ser parcial ni indiferente, pues de ellas depende, en gran medida, la formación de ciudadanos críticos y comprometidos con el bien común.


En consecuencia, el desafío consiste en reconocer los signos de vida que aún emergen en medio del desierto social y fortalecerlos mediante la acción colectiva. Defender nuestra tierra, nuestra cultura y nuestro futuro requiere conciencia, organización y compromiso. Solo así podremos hacer realidad el llamado a hacer morir la muerte, transformando las estructuras que generan injusticia y construyendo una sociedad basada en la dignidad humana, la esperanza y la vida.


A la luz del resucitado, de Aquél que venció la muerte, la unción crismal debe resplandecer en el pueblo cristiano y no converso, para así desarmar la injusticia y hacer crecer los signos de vida por encima de los reflejos de muerte.


El autor es técnico distrital del Minerd y catedrático universitario


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