"A la luz del resucitado, de Aquél que venció la muerte, la unción crismal debe resplandecer en el pueblo cristiano y no converso"
Abraham Terrero Batista - sureXpreso.com

Prof. Abraham Terrero Batista
En medio de las vorágines sociales del siglo XXI, y
particularmente en el silencio reflexivo del triduo pascual, emerge una
profunda preocupación por la realidad que vivimos. En este contexto surge una
consigna que interpela la conciencia colectiva: hay que hacer morir la muerte. Entendida como la ausencia de vida
y de esperanza, la muerte se manifiesta hoy en múltiples dimensiones de nuestra
sociedad, tanto en el plano nacional como en el regional y local.
En el ámbito nacional se observan diversos signos de
esta “cultura de muerte”. Entre ellos destacan flagelos como la drogadicción,
que afecta gravemente a la juventud, especialmente bajo modalidades recientes
como la Hooka, el Váper, o el consumo de sustancias químicas altamente tóxicas.
Estos productos se comercializan con sorprendente facilidad, mientras las
instituciones encargadas de regularlos parecen actuar con indiferencia o
insuficiencia. A ello se suman prácticas de corrupción administrativa y la
influencia de algunos medios de comunicación que, en lugar de promover valores,
reproducen antivalores para sostener audiencias o intereses económicos. Cuando
la modernización se desvincula del bienestar humano y del desarrollo ético de
la sociedad, termina convirtiéndose en un proceso vacío y deshumanizante.
En el plano regional y local, especialmente en la
subregión Enriquillo, también se evidencian procesos preocupantes. Grandes
intereses económicos acaparan tierras fértiles mediante diversos mecanismos:
compras irregulares, arrendamientos desventajosos o apropiación de terrenos
comuneros, sea con ocupación o robos. Estas prácticas, además de contradecir el
espíritu de la Constitución que limita el latifundio, generan graves impactos
sociales y ambientales. La quema extensiva de terrenos, la contaminación del
ambiente y la vulneración de los derechos de pequeños productores afectan tanto
la economía agrícola como la salud de la población.
A estas problemáticas se agregan los bajos salarios de
los trabajadores agrícolas, el desplazamiento de técnicos locales y la
concentración del poder económico en pocas manos. Incluso proyectos de gran
inversión estatal, concebidos originalmente para impulsar el desarrollo
regional, terminan beneficiando a los grandes acaparadores de tierras en lugar
de a los pequeños productores. Todo ello genera una combinación peligrosa:
escasez de agua, precariedad laboral, deterioro ambiental y desempleo, factores
que profundizan la desigualdad y amenazan el futuro de las comunidades.
Sin embargo, no todo está perdido. Ante estas
realidades se hace necesaria una voz
profética, liberadora y transformadora que denuncie las injusticias y
promueva caminos de esperanza. Hay que hacer morir la muerte en la República
Dominicana y en el mundo, y bien nos corresponde, empezar por la región
Enriquillo matando los signos de muerte.
Las academias y las universidades, como espacios
privilegiados del conocimiento, están llamadas a asumir un papel fundamental en
esta tarea. Su compromiso con la ciencia, la verdad y la justicia no puede ser
parcial ni indiferente, pues de ellas depende, en gran medida, la formación de
ciudadanos críticos y comprometidos con el bien común.
En consecuencia, el desafío consiste en reconocer los
signos de vida que aún emergen en medio del desierto social y fortalecerlos
mediante la acción colectiva. Defender nuestra tierra, nuestra cultura y
nuestro futuro requiere conciencia, organización y compromiso. Solo así
podremos hacer realidad el llamado a hacer
morir la muerte, transformando las estructuras que generan injusticia y
construyendo una sociedad basada en la dignidad humana, la esperanza y la vida.
A la luz del resucitado, de Aquél que venció la
muerte, la unción crismal debe resplandecer en el pueblo cristiano y no
converso, para así desarmar la injusticia y hacer crecer los signos de vida por
encima de los reflejos de muerte.
El autor es
técnico distrital del Minerd y catedrático universitario

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